Nocturno de celaje deslumbrante, tu encanto rememoro a cada instante; romance de un momento en que viviera con el alma iluminada, descubriendo en tu mirada un amor que nadie tuvo para mi; aunque aciago el destino dividió nuestro camino, y angustiado para siempre te perdí.
Yo comprendo que todo acabó es inútil, nuestro engaño, que el amor que sentimos murió y hoy ya somos dos extraños; de qué vale seguir si al final hallaremos más grotesco el adiós; olvidemos que ayer fue un embrujo de amor el querer de los dos.
Qué me has dado, vida mía, que ando triste noche y día, rondando siempre tu esquina, mirando siempre tu casa.
Porque hoy me dices que ya estás arrepentida, que hiciste mal, que soy el todo de tu vida; pero ya es tarde para cargos de conciencia, y en el pecado llevarás tu penitencia.
Por haber herido mis sentimientos, yo te condeno a mi desprecio; cruel y traicionera fuiste con mi amor, clavando una daga en mi corazón.
Si hasta la esperanza está perdida, me río de las iras de mi suerte; ¡qué carnaval
más necio , el de la vida! ¡qué consuelo
más dulce el de la muerte!
Licor bendito, que quitas los pesares, que alegras corazones y matas el dolor; te necesito cuando me encuentro triste, eres fiel compañero en mi soledad.
Quiero comprarle a la vida cinco centavitos de felicidad; quiero tenerte, mi dicha, pagando con sangre y con lágrimas.
Si yo muero primero, es tu promesa sobre mi cadáver dejar caer todo el llanto que brote de tu tristeza, y que todos se enteren de tu querer.
Ya sin amores y con la fe extinguida me río de las iras de mi suerte; no tiene objeto para mí la vida si el corazón se anticipó a la muerte.