Es preferible, si el amor asedia, cubrir de velo y olvido el corazón, evitaremos así que la tragedia se filtre en nuestras almas como una maldición.
Sabes que yo me muero sin tu cariño, que doy hasta mi vida por tu querer; pero niégalo todo, di que no es cierto, para que nadie trunque lo que ha de ser.
Sin embargo, cual busca la tibieza del sol, la planta que enflorar ansia, persisto con afán tu compañía, para que des calor a mi tristeza.
No hay como mi chica linda, por su cuerpo y por su andar, qué bonita es su mirada, y su sonrisa es un madrigal.
Ahora verás lo que es tener las alas rotas, ahora verás lo que es llorar por la derrota; lo que me trajo tu maldad no tiene nombre, pero ha llegado sin piedad el contragolpe.
Otros amores llegaron con su aurora a nuestra vidas, trayendo un nuevo edén; sin un reproche por sendas bien distintas, vos te marchas ahora y yo me iré, también.
Compañero soy, en las noches de verbena, sin embargo ya no puedo con mi pena, y al saber que ya no está, solo y triste sin tu amor, me pregunto, sin cesar.
No le digas a nadie cómo te quiero, hazle creer al mundo que no es así; porque existe la envidia, de tal manera, que destruir pudiera lo que hay en ti.
Licor, grato licor, eres el dios de mi dolor. Cuando estás cerca de mí alegras mi corazón, porque mi vida sin ti ya no la puedo vivir.
Me muerdo los labios para no llamarte, me queman tus besos, me sigue tu voz; pensando que hay otro que pueda besarte, se llena mi pecho de rabia y rencor.
Por eso, a mi chica linda me la quisiera robar, porque yo no sé hasta cuándo tendré esta pena que soportar.
Ayer tuve un amor que hoy me abandonó, porque no me quería; fue tanta mi ilusión por hacerla feliz, pero todo fue en vano; sus juramentos falsos trajeron a mi alma tristes esperanzas, que la vida nos dio con todo su fulgor caricias y esplendor.
Y todo es inútil, ni copas ni besos pueden separarte de mí; te llevo en mi sangre, te odio y te quiero, y tengo en el pecho un infierno por ti.
Chica linda, una mirada yo quiero, para brindarte sincero mi pecho lleno de un gran amor.
Quiero comprarle a la vida cinco centavitos de felicidad; quiero tenerte, mi dicha, pagando con sangre y con lágrimas.
Por haber herido mis sentimientos, yo te condeno a mi desprecio; cruel y traicionera fuiste con mi amor, clavando una daga en mi corazón.
No puedo verte triste, porque me mata tu carita de pena, mi dulce amor; me duele tanto el llanto que tú derramas, que se llena de angustia mi corazón.
No quiero nombrarte y busco en las copas el vino de olvido que nunca se da; pensando en arrancarte busqué en otras bocas el beso que borre tu beso inmortal.
Rondando tu esquina
A Julio Jaramillo Laurido, cantante popular.
Dónde estarás amor que yo te espero, porque
no es cierto que te hayas muerto ñerito, ruiseñor, rocolero,
no es verdad que me hayas dejado abandonada en este tugurio de melancolía,
donde tu voz entra por todas las goteras de la cantina. Montubio mentiroso.
Pájaro del suburbio Tundulí.
Estarás donde los charros, seguro, cantándole a la Olga,
o en Guayaquil donde la puta mariquita que sabe de mi dolencia desde
el último zapatazo que le dejó mi firma en su mollera,
o quien me dice estarás en Quito, en la Casa Blanca, cantando
para los ciegos de la veinticuatro, dándoles un poco de tu voz,
de tu rubateo mágico, de tu brujo chorro de aliento que despierta
en los pobres toda esa desazón acumulada por siglos y siglos de
miseria.
Eso es lo que tú piensas zamba mientras por segunda vez estás
haciendo cola para dar otra vuelta y mirarle su rostro desocupado ya
de toda posibilidad de dicha o de tormento, pero a la vez sabes que es
verdad, que ahora sí se encuentra en los bajos fondos de la noche
y que ni siquiera tus ojos empanizados de tanta lágrima, podrán
regresarlo, que su vida arrabalera y melancólica ya no volverá a
agitarse en ningún escenario, ni siquiera en ese peque-ñito
que tú misma hiciste en la casa de Las Lomas, junto a la estampa
del corazón de Jesús, adornado con dos velas del cumpleaños
de la Norma. ¡Basta ya! ha dicho el morocho y es inútil
que esperes en la noche su regreso, porque la muerte es la única
melodía que no se canta, que ya no se la puede cantar por más
cantores que calienten su catafalco.
Así es zambita, ese estirón ya no tiene resorteada. Rómpete
el corazón. Ríete. Resígnate.
Esta será la última vuelta que te dé, malparido
canario de nuestro estercolero, porque se me está acabando la
botella. Desengáñame, dime que es otra de tus sucias bromas,
que de pronto aparecerás como hace tantos años, con ese
coche de madera que te prestaba la niña Clara para que llevaras
las herramientas a la zapatería; dime que aparecerás así,
flaco y desgarbado con tu ancha sonrisa de mono, silbando las canciones
del Olimpo Cárdenas y tratando de envestirme a mí que
ya te quería desde hace un montón de tiempo y te gritaba
cuando no estaba la abuela: «Laurido, Laurido, perro mal parido». ¡Qué enorme
este cariño Laurido, que enorme y frío Laurido este despido!
Eso comprenderías Julio, jugo, juguete, para que esa noche te
me acercaras como gato lerdo y luminoso a decirme que te acompañara
a la covacha del compadre Juan y yo obedecí o más bien
me arrastró ese sentimiento que vos más tarde lo llamarías
fatalidad sino cruel, porque sino decime: qué sería de
mi vida, qué habría sido de este cuerpo negro y desanimado
si tú no lo hubieras penetrado por todos sus huecos y rodeado
de manoseos como a un acordeón, si esa noche la vieja maldita
me hubiera condenado a que vele sus sueños milagreros. Fatalidad ñerito,
ruiseñor, porque sino no te habría oído cantar,
ni coger la guitarra como ya más luego me cogiste a mí,
ni te hubiera visto la cara de perro mojado que ponías al pedirle
al compadre que te enseñara el rasgueo de la batea, ni hubiera
visto al correr de la vela tus ojos que tenían más de pedigüeño
que de cantor. Pobrecito de esa noche nocturna de celaje deslumbrante,
yo la negra Emilia, tu encanto rememora a cada instante y no creo que
te hayan metido en ese ataúd de encajes, cristales y maricadas
porque a los pobres no nos ponen en caja sino que nos tiran por los aires,
como lo hacen en vida, por allí entonces estarás volando
cantor cojonudo, con tus alas tiples.
Pero será eso lo que piensas negra, hambreadora de la ciudad,
no será quizá culpa de la mota, la grifa o el alcohol,
o tal vez el cansancio de dos vueltas en este coliseo de Guayaquil, lleno
de polvo y de gente y de alaridos, no sabrás que lo que piensas
es pura fantasía, que únicamente lo veías venir
en el suburbio con su camiseta manchada de tinta y sus pantalones de
zapatero destrozado en las rodillas. ¿No comprendes que nunca
reparó en ti, ni te brindó el más mínimo
silbo, ni el más pequeño chasquido, ni el más leve
gargajo de su garganta genial?
No ñaño, brother, parcero, déjame caminarte, déjame
pensarte una vuelta más. Yo no creo que has muerto, moribundo
de los ojos, porque muerto no hubieras podido encharcarme en ese lodazal
de las algas, no hubieras podido entonces meterme tus alforjas, tu alegría,
ni me hubieras dicho que ahorita yo sería tu esposa, porque eso
me lo dijiste en los quince, cuando salíamos de la buenaventura
de tus muslos y llegábamos a Boyacá y Nueve, para que nos
miraran juntos los que nunca quisieron mirarnos. Por eso digo que no
te has muerto, panita, sino que estás ahí, recostado con
chance nomás.
No mulata, tus recuerdos se tropiezan, te olvidas de sus amigos, de
la noche en que Julio no volvió a la^ querencia de su madre, cuando
por la lengua larga de su hermano mayor supiste que había arrendado
un cuarto en lo de la Patoja Iriarte y que vivía olvidado vivamente
de lo que había sido su vida.
Mejor dicho, te me tomaron de prestado, tu voz, tu aliento, tus huesos
malaparte que nadie los entendería, entonces te mandé un
mensaje mintiéndote que la niña Clara no tenía quien
le hiciera sus mensajes, aunque hubiera querido decirte que lo que yo
necesitaba eran tus masajes, y tú me contestaste en el sueño
de la abuela, talvez mañana cuando muera el día y esperándome
estés con gran ternura, la brisa entonará su sinfonía,
si no es mañana volveré otro día. Pero no volviste
ni en ese año ni en el otro y yo agarré la cola de ese
puerco sueño y se lo tiré a lo oscuro, de donde las pesadillas
no regresan y tuve que salirme de subterráneo con la plata del
platanal del abuelo para llegar hasta tu cuarto vacío de trastos
y tristezas y encontrarte con esas mejillas mentirosas, de un color que
ya no era tu color, para luego preguntarte con la vergüenza de mi
soledad que si nos ibas a dejar para siempre, y tú diciéndome
no sé que cosa que no entendía porque dentro de tu voz
había algo de goma, algo pegajoso y piadoso que lo tomé como
una injuria, aunque alcancé a escuchar que entre las sombras vegetando
vives, que me llamó mucho la atención porque siempre habías
vivido así, entre las sombras, y nuestro amor se daba entre las
sombras, que es lo que nos dejan, pero claro luego lo comprendí,
eran sombras de la ciudad, sombras sombras, es decir no como las que
vivimos, sombras claras llenas de luna, eran sombras lelas, llenas de
locos, de locomotoras, de lívidos de lentos latigazos de oscuridad. ¿Y
ahora quién me dará cantando lo que siento? Vaya por ti
este puchito y este trago largo como la espera hasta llegarte. Aguanta
suave ahí que solamente faltan veinte cofrades.
Pero vos no comprendías zambita que no era eso. Era que ya le
había tomado la ciudad, y él estaba tomando la ciudad,
tomando en un trago la ciudad, y los amigos daban serenos a sus muchachas
con la voz serena de ese montubio de pobre facha. Y comenzaron a aparecérsele
los empresarios que eran como si dijéramos los don panchitos y
quisieron manejar su voz, meterle imitaciones, fundirle ese metal que
desde hace tiempos sonaba como el pueblo.
Porque nacimos tirados en el mundo pajarraco. Aparecimos sin saber de
dónde nos venía tanta desgracia junta, y nunca te salió la
explicación cuando decías que desde hace muchos años
vino la tristeza a caballo, por Venezuela decías, a lomo de muía,
entre los malos hábitos de un tal Flores, entre las ingles y los
pelos de los soldados que se asentaron aquí, desarraigados dejando
sus guarichas lejos, en la casa, y que la traición también
vino así, cabalgando en las espadas v en la cruz, solitaria machona
decías, la traición, animal de cien cabezas, y hablabas
de la soledad mientras remabas cerveza, tanta cerveza y tanta soledad
que yo me poma a pensar que estabas hueco y que tu cuerpo era un gran
tonel de soledad, entonces templabas la guitarra y tu voz iba dibujando
esos paisajes que ahora los veo más nítidos, más
frescos, mientras yo te acariciaba esa cabeza donde cien mujeres espulgaron
su nido, buscaron tu afecto, tu palabra, guerreando por recibir de vos
eso que el hambre oculta. Déjame que tome otro sorbito mientras
te llego y pide que estos malacates no me empujen porque se va a derramar
mi sustento.
Estás borracha negra, floja como un banano podrido. Nunca te
conoció, nunca te ha visto. Después no tuvo tiempo. La
gloria le llegó como esos tumores malignos, de a poco se fue reproduciendo.
La gloria es la glorieta que oscila al viento y de todos los escenarios
era llamado para que temple su guitarra y su soga. Desde el balcón
del Pueblo hasta el destartalado salón del Capitán Pérez,
desde Radio Tarqui y Radio Cristal, hasta la Voz de México su
voz fue creciendo como crece el patíbulo bajo la mano vibrante
del carpintero.
En las noches las cosas se alargan como fantasmas, me decía mi
taita, mártir de insomnio los pensamientos velan prendidos debajo
de la cama y la angustia pincha sus alfileres por todas partes. Así decía, ñerito,
antes de que el hambre remediara para siempre su mal dormir, y yo lo
creo, porque si te has dormido tan largo es porque te has llevado mi
sueño, negro ladrón, infame de voz negra.
Nunca te conoció. Ya sus pasos caminaban junto a fresas y rosales.
Frescas rosas donde el rocío es de alcohol. Nunca te conoció.
Pero mientras te recorro, pienso que yo también te estoy haciendo
un pasillo, te estoy escribiendo el último pasillo, y éste
no es de soldados que han perdido su hembra, sino de una hembra negra
que no ha tenido más oportunidades que tu voz. Te estoy haciendo
el último pasillo desgarbado, aguántame un ratito; tal-vez
mañana cuando muera el día me olvidaré de ti y empezaré por
otra punta. Mientras tanto déjame caminarte un rato más,
un trago más.
Emilia, azabache, palmera, terciopelo negro, así eras, pero el
mal de ojo te ha dejado como un saco de polvo. Ni siquiera un sucre,
un peso, una pulsera dorada, un chal que te despiste el frío de
las noches. Nada te ha dejado el trovador. Nunca te conoció.
Un trago más, con el alma iluminada descubriendo en tu mirada,
un amor que nadie tuvo para mí, mientras grababas un disco en
La Voz Liberal, junto con el requinto de oro, el Chino, el Cara de haba,
todos esos perdidos que te me quisieron robar, pero que no estuvieron
contigo cuando impregnaste en el acetato esa marcha política para
nuestro líder Guevara Moreno, peleador de la guerra civil de la
España, porque en ese entonces solamente éramos vos y yo
y el viejo tumbero zapato loco, que le daba al cuero con frenesí,
ni tampoco estuvieron cuando a los nueve años la guardia civil
de Arroyo del Río, puto pinturreteado que vendió la patria,
te metió al camión porque no había cómo estar
en las calles pasadas las nueve y yo le avisé a tu vieja que salió como
loca a insultar a los chapas y a quitarles de las garras su tesoro mientras
tú te orinabas en las botas con ese miedo que te nació junto
con el asma, esa enfermedad que les da a los gatos por palurdos y por
mensos. Solo yo, tu negra Emilia que te acompañaba siempre a la
lagartera y te esperaba por allí, por Lorenzo de Garaicoa entre
Colón y Sucre, para luego sostenerte el vaso en la serenata de
las madrugadas, hasta que caías hecho una sopa, borracho como
las mariposas y así de lívido, mientras yo te arrastraba
hacia mi cuarto, donde se levantaba tu sexo antes que vos y se relamía
en mi cuerpo, haciéndome olvidar el frío de la noche, el
frío que ahora me trasquila a pesar de esta caña que se
mete en mis huesos como fósforo: pero ya te estoy llegando, mientras
cerca mío los mentirosos se desmayan y desploman, ya desde aquí diviso
el ataúd, tu gabardina café, tu horrible corbata gris a
cuadros, tu corbata de mono que no aprendió nunca la lección
de las elegancias.
Tú estás descuartizada vieja Emilia, nunca te conoció,
nunca te vio. Su fama le llevó por otras latitudes a donde nunca
alcanzarían tus alas de mariposa negra, y en Puerto Rico, en México,
en Venezuela, las muchachas se le entregaban en los pretiles de las iglesias,
en los pasamanos de los corredores, en las bodegas de los barcos, y grabó tantos
hijos en todas ellas como si solamente fueran discos de cuarenta y cinco.
Ya no te achaques hermanita, termina esa botella y sal a la boca del
lobo.
Y después Julio, juguete, cuando ya seguramente conociste la
felicidad de tres platos diarios, cama y cobijas limpias, no te mareaste
con los galanteos de esos señorones de las altas torres, no te
mareaste ruiseñor, vos que tan mareado eras. La tristeza de tu
raíz, huella profunda, no dejó que tu boca dibujara la
sonrisa idiota de los satisfechos y entregabas dinero a manos llenas
para que te dejaran conmigo y tu guitarra, que era la misma cosa, sin
apreciar, sin darte cuenta del valor de esos billetes porque nunca los
habías tenido y te bastaba solamente con lo que te lanzaron al
mundo, tu voz y tu corazón grandote como deben tener los elefantes,
y agarrabas la billetera con tus manos gordas de cholo montubio como
si fueran ponzoñas y repartías en la mesa a Héctor,
a Pepe, esto para la vieja, esto para los comunistoides de tu jorga,
esto para la Blanca Rosa y te embolsicabas lo que sobraba para nuevamente
embutirte de cerveza y soledad, obligado quizás para siempre,
a llenar ese tonel sin fondo de nuestra melancolía, de nuestro
silencioso desgaste, de nuestra única arma, y luego venías
a mí, sorteando los charcos de tus perseguidoras, a mirarme en
los ojos, y te ponías a tocar en esa guitarra de guadua que estorbaba
en mi cuarto, y cantabas ya hace treinta años, esa canción
que en alguna parte me estremecía como si estuvieras penetrándome:
miradas de brujería, que saben esclavizar, quien fuma tu mariguana,
tu esclavo siempre será. ¡Hace treinta años ñerito!
cuando por estas calles de Guayaquil nadie te vendía la pasividad
de una mota, el sueño maravilloso de una grifita. Déjame
que te aspire. Hondo. Largo.
A ti no te conoció negra Emilia. Apártate. Desamontónate.
Y ahora está bien que todas las rocolas del mundo, rocolero,
estén abrazadas por un crespón negro, y que de todas salgan
tus alaridos, tu horrible voz de dos sexos que sirvió para que
los pesquisas de la farándula te acanallen y escamoteen tu hombría
que a mí me la dejaste clavada como un cuchillo, como una estaca,
chévere entre mis dos trémulas columnas negras.
Nunca te conoció rumbera. No era a ti a quien cantaba. Cantaba
para expresar ese sentimiento trágico del que no tiene nada. Y
cuando lo tuvo le dio lo mismo porque ya era muy tarde. Por eso regresó a
Guayaquil desde otras más finas latitudes, para morir como el
perro que olfatea la hedentina del amo. No regresó por ti. Nunca
te conoció.
Alcohol compadrito, diablos de la lujuria, brujas del vicio, sosténganme
un momento más, déjenme caminarlo al hombre otro rato,
déjenme mirar sus labios de maricón y de macho, esos labios
donde la promesa era como una piedra o un martillo: así de pesada,
pero como una hoja de capulí, como un pez en el agua, así de
liviana: «negrita, te pondré la zapatería más
grande del mundo», «viviremos a un lado del estero salado,
en una casa de cristal». Todo, todo pude yo creer de tí,
menos en tu falsía. Pero caminen, caminen ladrones, escaperos,
criminales, caminen putas, vírgenes de medio uso, caminen porque
quiero llegarle con el último pucho, a sacarle en cara lo de
la china Rosa, lo de la María Rivera, lo de la Elsa, caminen,
caminen...
De En la noche y en la niebla, 1980
Raúl Pérez Torres info@raulpereztorres.ec
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