Cuento: Rondando tu esquina. Raúl Pérez Torres

Es preferible, si el amor asedia,
cubrir de velo y olvido el corazón,
evitaremos así que la tragedia
se filtre en nuestras almas como
una maldición.


Sabes que yo me muero
sin tu cariño,
que doy hasta mi vida
por tu querer;
pero niégalo todo,
di que no es cierto,
para que nadie trunque
lo que ha de ser.


Sin embargo,
cual busca la tibieza
del sol, la planta
que enflorar ansia,
persisto con afán tu compañía,
para que des
calor a mi tristeza.


No hay como
mi chica linda,
por su cuerpo
y por su andar,
qué bonita es su mirada,
y su sonrisa
es un madrigal.


Ahora verás lo que es tener
las alas rotas,
ahora verás lo que es llorar
por la derrota;
lo que me trajo tu maldad
no tiene nombre,
pero ha llegado sin piedad
el contragolpe.


Otros amores llegaron con su
aurora a nuestra vidas,
trayendo un nuevo edén;
sin un reproche por sendas bien distintas,
vos te marchas ahora
y yo me iré, también.


Compañero soy, en las
noches de verbena,
sin embargo ya no puedo con
 mi pena, y al saber que ya no
está, solo y triste sin tu amor,
 me pregunto, sin cesar.


No le digas a nadie
cómo te quiero,
hazle creer al mundo
que no es así;
porque existe la envidia,
de tal manera,
que destruir pudiera
lo que hay en ti.


Licor, grato licor,
eres el dios de mi dolor.
Cuando estás cerca de mí
alegras mi corazón,
porque mi vida sin ti
ya no la puedo vivir.


Me muerdo los labios
para no llamarte,
me queman tus besos,
me sigue tu voz;
pensando que hay otro
que pueda besarte,
se llena mi pecho
de rabia y rencor.


Por eso, a mi chica linda
me la quisiera robar,
porque yo no sé
hasta cuándo
tendré esta pena
que soportar.


Ayer tuve un amor
que hoy me abandonó,
porque no me quería;
fue tanta mi ilusión
por hacerla feliz,
pero todo fue en vano;
sus juramentos falsos
trajeron a mi alma
tristes esperanzas,
que la vida nos dio
con todo su fulgor
caricias y esplendor.


Y todo es inútil,
ni copas ni besos
pueden separarte de mí;
te llevo en mi sangre,
te odio y te quiero,
y tengo en el pecho
un infierno por ti.


Chica linda,
una mirada yo quiero,
para brindarte sincero
mi pecho lleno
de un gran amor.


Quiero comprarle a la vida
cinco centavitos
de felicidad;
quiero tenerte,
mi dicha,
pagando con sangre
y con lágrimas.


Por haber herido
mis sentimientos,
yo te condeno
a mi desprecio;
cruel y traicionera
fuiste con mi amor,
clavando una daga
en mi corazón.


No puedo verte triste,
porque me mata
tu carita de pena,
mi dulce amor;
me duele tanto el llanto
que tú derramas,
que se llena de angustia
mi corazón.


No quiero nombrarte
y busco en las copas
el vino de olvido
que nunca se da;
pensando en arrancarte
busqué en otras bocas
el beso que borre
tu beso inmortal.


Rondando tu esquina

A Julio Jaramillo Laurido, cantante popular.

Dónde estarás amor que yo te espero, porque no es cierto que te hayas muerto ñerito, ruiseñor, rocolero, no es verdad que me hayas dejado abandonada en este tugurio de melancolía, donde tu voz entra por todas las goteras de la cantina. Montubio mentiroso. Pájaro del suburbio Tundulí.

Estarás donde los charros, seguro, cantándole a la Olga, o en Guayaquil donde la puta mariquita que sabe de mi dolencia desde el último zapatazo que le dejó mi firma en su mollera, o quien me dice estarás en Quito, en la Casa Blanca, cantando para los ciegos de la veinticuatro, dándoles un poco de tu voz, de tu rubateo mágico, de tu brujo chorro de aliento que despierta en los pobres toda esa desazón acumulada por siglos y siglos de miseria.

Eso es lo que tú piensas zamba mientras por segunda vez estás haciendo cola para dar otra vuelta y mirarle su rostro desocupado ya de toda posibilidad de dicha o de tormento, pero a la vez sabes que es verdad, que ahora sí se encuentra en los bajos fondos de la noche y que ni siquiera tus ojos empanizados de tanta lágrima, podrán regresarlo, que su vida arrabalera y melancólica ya no volverá a agitarse en ningún escenario, ni siquiera en ese peque-ñito que tú misma hiciste en la casa de Las Lomas, junto a la estampa del corazón de Jesús, adornado con dos velas del cumpleaños de la Norma. ¡Basta ya! ha dicho el morocho y es inútil que esperes en la noche su regreso, porque la muerte es la única melodía que no se canta, que ya no se la puede cantar por más cantores que calienten su catafalco.

Así es zambita, ese estirón ya no tiene resorteada. Rómpete el corazón. Ríete. Resígnate.

Esta será la última vuelta que te dé, malparido canario de nuestro estercolero, porque se me está acabando la botella. Desengáñame, dime que es otra de tus sucias bromas, que de pronto aparecerás como hace tantos años, con ese coche de madera que te prestaba la niña Clara para que llevaras las herramientas a la zapatería; dime que aparecerás así, flaco y desgarbado con tu ancha sonrisa de mono, silbando las canciones del Olimpo Cárdenas y tratando de envestirme a mí que ya te quería desde hace un montón de tiempo y te gritaba cuando no estaba la abuela: «Laurido, Laurido, perro mal parido». ¡Qué enorme este cariño Laurido, que enorme y frío Laurido este despido!

Eso comprenderías Julio, jugo, juguete, para que esa noche te me acercaras como gato lerdo y luminoso a decirme que te acompañara a la covacha del compadre Juan y yo obedecí o más bien me arrastró ese sentimiento que vos más tarde lo llamarías fatalidad sino cruel, porque sino decime: qué sería de mi vida, qué habría sido de este cuerpo negro y desanimado si tú no lo hubieras penetrado por todos sus huecos y rodeado de manoseos como a un acordeón, si esa noche la vieja maldita me hubiera condenado a que vele sus sueños milagreros. Fatalidad ñerito, ruiseñor, porque sino no te habría oído cantar, ni coger la guitarra como ya más luego me cogiste a mí, ni te hubiera visto la cara de perro mojado que ponías al pedirle al compadre que te enseñara el rasgueo de la batea, ni hubiera visto al correr de la vela tus ojos que tenían más de pedigüeño que de cantor. Pobrecito de esa noche nocturna de celaje deslumbrante, yo la negra Emilia, tu encanto rememora a cada instante y no creo que te hayan metido en ese ataúd de encajes, cristales y maricadas porque a los pobres no nos ponen en caja sino que nos tiran por los aires, como lo hacen en vida, por allí entonces estarás volando cantor cojonudo, con tus alas tiples.

Pero será eso lo que piensas negra, hambreadora de la ciudad, no será quizá culpa de la mota, la grifa o el alcohol, o tal vez el cansancio de dos vueltas en este coliseo de Guayaquil, lleno de polvo y de gente y de alaridos, no sabrás que lo que piensas es pura fantasía, que únicamente lo veías venir en el suburbio con su camiseta manchada de tinta y sus pantalones de zapatero destrozado en las rodillas. ¿No comprendes que nunca reparó en ti, ni te brindó el más mínimo silbo, ni el más pequeño chasquido, ni el más leve gargajo de su garganta genial?

No ñaño, brother, parcero, déjame caminarte, déjame pensarte una vuelta más. Yo no creo que has muerto, moribundo de los ojos, porque muerto no hubieras podido encharcarme en ese lodazal de las algas, no hubieras podido entonces meterme tus alforjas, tu alegría, ni me hubieras dicho que ahorita yo sería tu esposa, porque eso me lo dijiste en los quince, cuando salíamos de la buenaventura de tus muslos y llegábamos a Boyacá y Nueve, para que nos miraran juntos los que nunca quisieron mirarnos. Por eso digo que no te has muerto, panita, sino que estás ahí, recostado con chance nomás.

No mulata, tus recuerdos se tropiezan, te olvidas de sus amigos, de la noche en que Julio no volvió a la^ querencia de su madre, cuando por la lengua larga de su hermano mayor supiste que había arrendado un cuarto en lo de la Patoja Iriarte y que vivía olvidado vivamente de lo que había sido su vida.

Mejor dicho, te me tomaron de prestado, tu voz, tu aliento, tus huesos malaparte que nadie los entendería, entonces te mandé un mensaje mintiéndote que la niña Clara no tenía quien le hiciera sus mensajes, aunque hubiera querido decirte que lo que yo necesitaba eran tus masajes, y tú me contestaste en el sueño de la abuela, talvez mañana cuando muera el día y esperándome estés con gran ternura, la brisa entonará su sinfonía, si no es mañana volveré otro día. Pero no volviste ni en ese año ni en el otro y yo agarré la cola de ese puerco sueño y se lo tiré a lo oscuro, de donde las pesadillas no regresan y tuve que salirme de subterráneo con la plata del platanal del abuelo para llegar hasta tu cuarto vacío de trastos y tristezas y encontrarte con esas mejillas mentirosas, de un color que ya no era tu color, para luego preguntarte con la vergüenza de mi soledad que si nos ibas a dejar para siempre, y tú diciéndome no sé que cosa que no entendía porque dentro de tu voz había algo de goma, algo pegajoso y piadoso que lo tomé como una injuria, aunque alcancé a escuchar que entre las sombras vegetando vives, que me llamó mucho la atención porque siempre habías vivido así, entre las sombras, y nuestro amor se daba entre las sombras, que es lo que nos dejan, pero claro luego lo comprendí, eran sombras de la ciudad, sombras sombras, es decir no como las que vivimos, sombras claras llenas de luna, eran sombras lelas, llenas de locos, de locomotoras, de lívidos de lentos latigazos de oscuridad. ¿Y ahora quién me dará cantando lo que siento? Vaya por ti este puchito y este trago largo como la espera hasta llegarte. Aguanta suave ahí que solamente faltan veinte cofrades.

Pero vos no comprendías zambita que no era eso. Era que ya le había tomado la ciudad, y él estaba tomando la ciudad, tomando en un trago la ciudad, y los amigos daban serenos a sus muchachas con la voz serena de ese montubio de pobre facha. Y comenzaron a aparecérsele los empresarios que eran como si dijéramos los don panchitos y quisieron manejar su voz, meterle imitaciones, fundirle ese metal que desde hace tiempos sonaba como el pueblo.

Porque nacimos tirados en el mundo pajarraco. Aparecimos sin saber de dónde nos venía tanta desgracia junta, y nunca te salió la explicación cuando decías que desde hace muchos años vino la tristeza a caballo, por Venezuela decías, a lomo de muía, entre los malos hábitos de un tal Flores, entre las ingles y los pelos de los soldados que se asentaron aquí, desarraigados dejando sus guarichas lejos, en la casa, y que la traición también vino así, cabalgando en las espadas v en la cruz, solitaria machona decías, la traición, animal de cien cabezas, y hablabas de la soledad mientras remabas cerveza, tanta cerveza y tanta soledad que yo me poma a pensar que estabas hueco y que tu cuerpo era un gran tonel de soledad, entonces templabas la guitarra y tu voz iba dibujando esos paisajes que ahora los veo más nítidos, más frescos, mientras yo te acariciaba esa cabeza donde cien mujeres espulgaron su nido, buscaron tu afecto, tu palabra, guerreando por recibir de vos eso que el hambre oculta. Déjame que tome otro sorbito mientras te llego y pide que estos malacates no me empujen porque se va a derramar mi sustento.

Estás borracha negra, floja como un banano podrido. Nunca te conoció, nunca te ha visto. Después no tuvo tiempo. La gloria le llegó como esos tumores malignos, de a poco se fue reproduciendo. La gloria es la glorieta que oscila al viento y de todos los escenarios era llamado para que temple su guitarra y su soga. Desde el balcón del Pueblo hasta el destartalado salón del Capitán Pérez, desde Radio Tarqui y Radio Cristal, hasta la Voz de México su voz fue creciendo como crece el patíbulo bajo la mano vibrante del carpintero.

En las noches las cosas se alargan como fantasmas, me decía mi taita, mártir de insomnio los pensamientos velan prendidos debajo de la cama y la angustia pincha sus alfileres por todas partes. Así decía, ñerito, antes de que el hambre remediara para siempre su mal dormir, y yo lo creo, porque si te has dormido tan largo es porque te has llevado mi sueño, negro ladrón, infame de voz negra.

Nunca te conoció. Ya sus pasos caminaban junto a fresas y rosales. Frescas rosas donde el rocío es de alcohol. Nunca te conoció.

Pero mientras te recorro, pienso que yo también te estoy haciendo un pasillo, te estoy escribiendo el último pasillo, y éste no es de soldados que han perdido su hembra, sino de una hembra negra que no ha tenido más oportunidades que tu voz. Te estoy haciendo el último pasillo desgarbado, aguántame un ratito; tal-vez mañana cuando muera el día me olvidaré de ti y empezaré por otra punta. Mientras tanto déjame caminarte un rato más, un trago más.

Emilia, azabache, palmera, terciopelo negro, así eras, pero el mal de ojo te ha dejado como un saco de polvo. Ni siquiera un sucre, un peso, una pulsera dorada, un chal que te despiste el frío de las noches. Nada te ha dejado el trovador. Nunca te conoció.

Un trago más, con el alma iluminada descubriendo en tu mirada, un amor que nadie tuvo para mí, mientras grababas un disco en La Voz Liberal, junto con el requinto de oro, el Chino, el Cara de haba, todos esos perdidos que te me quisieron robar, pero que no estuvieron contigo cuando impregnaste en el acetato esa marcha política para nuestro líder Guevara Moreno, peleador de la guerra civil de la España, porque en ese entonces solamente éramos vos y yo y el viejo tumbero zapato loco, que le daba al cuero con frenesí, ni tampoco estuvieron cuando a los nueve años la guardia civil de Arroyo del Río, puto pinturreteado que vendió la patria, te metió al camión porque no había cómo estar en las calles pasadas las nueve y yo le avisé a tu vieja que salió como loca a insultar a los chapas y a quitarles de las garras su tesoro mientras tú te orinabas en las botas con ese miedo que te nació junto con el asma, esa enfermedad que les da a los gatos por palurdos y por mensos. Solo yo, tu negra Emilia que te acompañaba siempre a la lagartera y te esperaba por allí, por Lorenzo de Garaicoa entre Colón y Sucre, para luego sostenerte el vaso en la serenata de las madrugadas, hasta que caías hecho una sopa, borracho como las mariposas y así de lívido, mientras yo te arrastraba hacia mi cuarto, donde se levantaba tu sexo antes que vos y se relamía en mi cuerpo, haciéndome olvidar el frío de la noche, el frío que ahora me trasquila a pesar de esta caña que se mete en mis huesos como fósforo: pero ya te estoy llegando, mientras cerca mío los mentirosos se desmayan y desploman, ya desde aquí diviso el ataúd, tu gabardina café, tu horrible corbata gris a cuadros, tu corbata de mono que no aprendió nunca la lección de las elegancias.

Tú estás descuartizada vieja Emilia, nunca te conoció, nunca te vio. Su fama le llevó por otras latitudes a donde nunca alcanzarían tus alas de mariposa negra, y en Puerto Rico, en México, en Venezuela, las muchachas se le entregaban en los pretiles de las iglesias, en los pasamanos de los corredores, en las bodegas de los barcos, y grabó tantos hijos en todas ellas como si solamente fueran discos de cuarenta y cinco. Ya no te achaques hermanita, termina esa botella y sal a la boca del lobo.

Y después Julio, juguete, cuando ya seguramente conociste la felicidad de tres platos diarios, cama y cobijas limpias, no te mareaste con los galanteos de esos señorones de las altas torres, no te mareaste ruiseñor, vos que tan mareado eras. La tristeza de tu raíz, huella profunda, no dejó que tu boca dibujara la sonrisa idiota de los satisfechos y entregabas dinero a manos llenas para que te dejaran conmigo y tu guitarra, que era la misma cosa, sin apreciar, sin darte cuenta del valor de esos billetes porque nunca los habías tenido y te bastaba solamente con lo que te lanzaron al mundo, tu voz y tu corazón grandote como deben tener los elefantes, y agarrabas la billetera con tus manos gordas de cholo montubio como si fueran ponzoñas y repartías en la mesa a Héctor, a Pepe, esto para la vieja, esto para los comunistoides de tu jorga, esto para la Blanca Rosa y te embolsicabas lo que sobraba para nuevamente embutirte de cerveza y soledad, obligado quizás para siempre, a llenar ese tonel sin fondo de nuestra melancolía, de nuestro silencioso desgaste, de nuestra única arma, y luego venías a mí, sorteando los charcos de tus perseguidoras, a mirarme en los ojos, y te ponías a tocar en esa guitarra de guadua que estorbaba en mi cuarto, y cantabas ya hace treinta años, esa canción que en alguna parte me estremecía como si estuvieras penetrándome: miradas de brujería, que saben esclavizar, quien fuma tu mariguana, tu esclavo siempre será. ¡Hace treinta años ñerito! cuando por estas calles de Guayaquil nadie te vendía la pasividad de una mota, el sueño maravilloso de una grifita. Déjame que te aspire. Hondo. Largo.

A ti no te conoció negra Emilia. Apártate. Desamontónate.

Y ahora está bien que todas las rocolas del mundo, rocolero, estén abrazadas por un crespón negro, y que de todas salgan tus alaridos, tu horrible voz de dos sexos que sirvió para que los pesquisas de la farándula te acanallen y escamoteen tu hombría que a mí me la dejaste clavada como un cuchillo, como una estaca, chévere entre mis dos trémulas columnas negras.

Nunca te conoció rumbera. No era a ti a quien cantaba. Cantaba para expresar ese sentimiento trágico del que no tiene nada. Y cuando lo tuvo le dio lo mismo porque ya era muy tarde. Por eso regresó a Guayaquil desde otras más finas latitudes, para morir como el perro que olfatea la hedentina del amo. No regresó por ti. Nunca te conoció.

Alcohol compadrito, diablos de la lujuria, brujas del vicio, sosténganme un momento más, déjenme caminarlo al hombre otro rato, déjenme mirar sus labios de maricón y de macho, esos labios donde la promesa era como una piedra o un martillo: así de pesada, pero como una hoja de capulí, como un pez en el agua, así de liviana: «negrita, te pondré la zapatería más grande del mundo», «viviremos a un lado del estero salado, en una casa de cristal». Todo, todo pude yo creer de tí, menos en tu falsía. Pero caminen, caminen ladrones, escaperos, criminales, caminen putas, vírgenes de medio uso, caminen porque quiero llegarle con el último pucho, a sacarle en cara lo de la china Rosa, lo de la María Rivera, lo de la Elsa, caminen, caminen...

De En la noche y en la niebla, 1980
Raúl Pérez Torres
info@raulpereztorres.ec
www.raulpereztorres.ec

 

Imagenes
Pepe, Julio y Doña polita
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Sivia Rojas, compañera de los viejos tiempos de bohemia de J.J.
Doña Polita fue proclamada Madre Símbolo de los Artistas, en marzo de 1977. la acompaña la compositora guayaquileña Blanca Ron, quien organizó varios eventos en su homenaje
Abilio Bermúdez
J.J. luce sus últimos tirantes como era la moda en aquellos tiempos
Un aviso mediante el cual los familiares de J.J. comunicaron su deceso e invitación al sepelio. Publicado en la página 16, segunda sección de Dario El Universo de Guayaquil
El "Capitán" Pedro Espinoza Magaly y María Angélica, hijas de J.J., él y Hugo Reyes
El féretro de Julio Jaramilo, durante su velación, en el Coliseo Cubierto de Guayaquil, la noche del viernes 10 de febrero de 1978
Julio Jaramillo y Blanquita Garzón, la mujer que fue el amor de su vida, según lo aseguran sus viejos amigos y colegas que conocieron su relación sentimental de cerca
Magaly Jaramillo Rivera, con el traje negro por la muerte de su padre
Sala de Radio La Voz Liberal, donde J.J. ensayó sus primeras grabaciones
J.J., Rosalino Quintero y dos amigas
J.J. y su hermano Pepe, cantando a duo, en la "vieja" Radio Cristal de Machala y Aguirre. Los acompaña Washington Andrade
Gonzalo Castro acompañó a J.J. en infinidad de grabaciones musicales
J.J. y Olimpo Cárdenas, actuando juntos en Radio Tarqui de Quito, durante un programa realizado el 1° de diciembre de 1965. Por entonces J.J. comenzaba a ascender y Olimpo era ya un artista consagrado internacionalmente
Chicos y grandes, todo el mundo deseaba una fotografía con J.J. en su etapa de mayor gloria artística
J.J. y dos amigos argentinos, en Buenos Aires, cuando su gira triunfalpor el sur del Cntinente. Eran los días de "Nuestro Juramento", su mayor hit en dicha región
Con Fressia Saavedra
María Eudocia Rivera y los dos hijos de J.J.
Con Hugo Reyes, el gran amigo de toda su vida
Varias figuras de la música criolla acompañaban a J.J.: Juan Álava, Roberto Calero, Roberto Zumba, Juan Naranjo, Carlos Rubira Infante, J.J., Chugo Tovar, Naldo Campos, Lucho González, Alfredo Barrantes, Holanda Campos y Bolívar Lara
Sr Julio Jaramillo (fallecido) y Doña Apolonia Laurido Vda. de Jaramillo, padres de J.J.
Carlos Armando Romero Rodas
J.J. con viejos amigos: Pedro Chinga, Bolívar Lara y Luis Alarcón "Cara de Haba". Los acompaña una pequeña artista de los Programas de radio Cristal
J.J. el día de su matrimonio civil y eclasiástico con María Eudoccia Rivera. Esta escena jamás volvió a repetirse en su vida. Se divorciaron en 1976, después de largos años de separación. Luego contrajo matrimonio civil con Nancy Arroyo
Edificio donde funcionó, la escuela Municipal "Francisco García Avilés" donde J.J. concluyó su primaria. Era, entonces, Director de la misma Don Lauro Dávila, autor de la letra del pasillo "Guayaquil de mis amores" que, años más tarde, grab? J.J.
En Centroamérica, los recibimientos a J.J. fueron similares al prodigado en Uruguay. El público quría verlo, tocarlo, escuchar sus primeras palabras
J.J. repletó los incontables escenarios centroamericans por donde pasó. En todo lugar las entradas seagotaban con muchos días de anticipación a la fecha del espectáculo. Es que todas las edades deliraban con sus canciones
Julio Jaramillo fue ídolo en varios paises